Si un día abriera mi boca, o mejor dicho, aporreara el teclado con mis torpes manos y contara lo que bulle por mi atribulada mente quizá te horrorizaría lo que descubrieras, como cuando te acercas a un precipicio infinito. O quizá te sorprenderías porque ese precipicio se convertiría en espejo, pero no verías tu reflejo. Tan solo líneas irregulares que lo rompen.
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