Detrás de la tiza
domingo, 7 de octubre de 2012
Subterránea
No sé su nombre, nunca me he atrevido a tomarle una fotografía cuando la veo pasar por el pasillo del vagón. Sé que trabaja entre las estaciones Cuatro Caminos e Hidalgo porque ahí la he visto bajar para cambiar de andén e iniciar el recorrido en sentido contrario. Es una mujer de unos 80 años, de origen indígena, con un hato de rebozo en la espalda y una canasta de mandado hecha de carrizo, donde lleva dulces. “Ai' una paletita, jóvenes”, dice cada tantos pasos.
La suya es una actividad en extinción en los vagones del Metro: la economía de sobrevivencia que consistía en buscar la oportunidad entre los usuarios que necesitaran un cortauñas, un paquete de agujas de coser, una cartera de vinipiel con espacio para credenciales y mapa de la red del Metro capitalino, pastillas para la garganta, tiras de diez paletas de cajeta, recetarios y libros con “los mejores poemas de todos los tiempos”. Cada objeto a la venta tenía el respaldo de la inexistente empresa “Productos de Calidad” que ponía al alcance del público mercancía baratísima para que este no tuviera que pagarla a su precio comercial de... algo así como el triple.
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