De repente, se despertó. Entreabrió los ojos y, al ver tanta luz, creyó que se había quedado dormido y no había ido a trabajar. Luego se acordó de que sí que había ido a trabajar, que era por la tarde. Y se sintió tan orgulloso que volvió a dormirse, no antes de decidir que dejaría de endulzar el té con aquella sacarina tan extraña.
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