miércoles, 14 de agosto de 2013

Desolé

Francia se mide en desolés.

Desolé es la expresión que aúna, por una parte, la pena y la empatía por tu situación en un determinado momento y, por otro, el tan hispano te jodes.

Habíamos llegado a una localidad rivereña, en Bretaña si mis guías no me engañaban. A pesar de haber llegado a una hora temprana, las nueve y media de la noche, la recepción estaba cerrada. En Francia, cuando el recepcionista dice que se va, deja un código para que los huéspedes entren a su libre albedrío.     Nosotros no lo teníamos y gracias a la amable mediación de un turista de aspecto hindú pudimos acceder al hotel. Allí, en la recepción, en dos sobres cerrados con los nombres de los reservantes, estaban las llaves de nuestras habitaciones. En el reverso de la chapita con el número de chambre, el código en una pegatina circular de color rojo.

Completamos el ritual de llegada y decidimos ir a comer. La búsqueda del restaurante cuando se va de viaje es todo un arte y daría para cienes y cienes de entradas. El caso es que no acabábamos de decidirnos. Cuando por fin lo hicimos, entramos al establecimiento con la típica cara que se pone cuando entra uno a un restaurante, intentando identificar los olores y buscando al maître. Pero, desgraciadamente, nos dijo que la cocina estaba cerrada y que estaba desolé.

Bueno, no pasa nada. Hay más peces en el mar y restaurantes en este pueblo. Decidimos probar suerte con una crepería. Algo más ligero para la noche. Y así lo hicimos. Pero de nuevo la misma respuesta. Desolé.

Una tercera vez probamos. En esta ocasión, se trataba de un restaurante muy chic. Y allá que fuimos los cinco. Pero el camarero nos dijo de nuevo esas seis letras, con consonantes y vocales intercaladas. Desolé. Yo si que estoy desolé y no tu, cabrón, que te vas a tu casa y, a las malas, te puedes comer un yogur.

Y así hasta cinco veces. Menos mal que uno, en los viajes, es como los camellos con el agua. Come con reservas por si ya no lo vuelve a hacer mas. Pero, afortunadamente, en un italiano nos debieron ver con tal cara de pena que, la final, nos aceptaron.

Y, encima, comimos bien. Un restaurante de cinco desolés.

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