viernes, 22 de julio de 2016

ITV

Dentro de los acontecimientos que dan sentido a nuestra vida de seres humanos, hoy se ha producido uno de los más desagradables, que consiste en pasar la ITV.

Hoy le ha tocado a Paquito, coche con el que me despeloté, automovilísticamente hablando y que va camino de cumplir la nada despreciable edad de 25 años.

La ceremonia de la ITV consiste, en primer lugar, en pedir cita por Internet, porque en esta comunidad tan avanzada ya se hace todo por Internet. Una vez concertada la cita, el día indicado te desplazas a la sede iteuvística elegida para proceder a la inspección. Es conveniente no olvidar el coche, aunque lo mismo hacen una excepción, le pasan la ITV al dueño y, a lo mejor, te sacan algo que sospechabas que tenías pero que callabas en silencio.

Al dar la curva y pasar la valla del recinto me he sobresaltado. Gran parte de los aparcamientos estaban llenos, con lo cual se me disparó el cálculo de tiempo a emplear en el trámite. Afortunadamente, al fondo, había sombra y allá que nos fuimos a aparcar.

Una vez dentro del edificio siguió el sobresalto, pues había un montón de gente esperando su turno. Así que, algo desanimado, confirmé mi cita y esperé tener mi minuto de fama esperando ver mi matrícula en el plasma, cosa que sucedió relativamente pronto. Treinta euritos con descuento y a esperar que me llamaran.

La espera la hicimos al fresco, con la inestimable colaboración del Marco Pisa del año 2012 de la OCDE y con un ojo puesto en el luminoso verde y rojo, imagino que especialmente diseñado para daltónicos. Parece ser que la atención a la diversidad no llegó a esta consejería. Como tampoco la gestión de colas, pues gente que llega después pasa antes que yo. Pero bueno, ya debería haberme acostumbrado a ser el pito del sereno aunque uno no siempre se resigna.

Una vez en la línea, los traqueteos de rigor y la repetición de la prueba del freno. El inspector, a diferencia de la inspectora del año pasado, no se fijó demasiado en detalles y ruedas homologadas, y se centró en la competencia frenadora que, sin estar muy mal, tampoco estaba muy bien. Pero el caso es que al final me vine con la pegatina amarilla de 2017 y su inseparable hasta el año que viene.

Y, para celebrarlo, tour supermarché, acabando el el Lidl para comprar un pijama por 7 ebros. Que se note que uno es un maestro venido a menos de pueblo recóndito.

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