sábado, 1 de febrero de 2014

Corredores de bolsa

Si hay algo que me gusta de volver a los orígenes cada fin de semana es la mañana de paseo por el centro. No es que me disgusten las mañanas de limpieza pueblerina, pero es que cada cosa tiene su encanto.

Tocaba ruta, de esas que te tienen planificadas milimétricamente. Recoger las chaquetas del tinte, llevar la chaqueta al tinte, recoger la chaqueta de la costurera... Aparte, comprar el periódico y las medicinas propias y extrañas.

Lo primero era bastante fácil, recoger la chaqueta gris de la costurera, una señora muy amable pero un poco cotilla. Supongo que eso lo dará la profesión, junto con el gremio de peluqueros. Del de dependientes de perfumería prefiero no hablar, que luego todo se sabe.

Como la ruta era larga, tanto a la ida como a la vuelta, pensé en pasar por las farmacias que me encontrara para encontrar mis pastillas. Mi doctor debe ser algo sibarita, porque no hay manera de encontrarlas. Porque aquí mucha crisis y muchos recortes y muchos apuros pero solo estamos deprimidos cuatro pringaillos, que encima nos vemos celestes para encontrar el dichoso escitalopram bucodispersable con sabor a menta. Pero bueno, no queda otra que encargarlo y esperar que lo traigan. Menos mal que tengo en reserva, porque cuando he ido a mi farmacia de referencia me la he encontrado cerrada por vacaciones.

Por lo menos, cuando he recogido las chaquetas del tinte y he dejado allí la nueva me he beneficiado de un 3x2 en limpieza. Son más apañados que las pesetas. Tintorerías Garci. En la calle San Antón.

Y, un poco más abajo, una funda para un aifon. Concretamente, para el aifon del jefe. Es una tienda de esas de artículos del lejano oriente, aunque yo todo lo que he comprado en esos comercios siempre era del cercano país. Ironías de la vida. Transparente ligeramente mate. Porque en tiendas más prósperas lo tenían agotado. La crisis, claro.

Y ya, de vuelta a casa, un bollo de aceite y los medicamentos ajenos en farmacias conocidas. No quiero ir con lo mío, vayamos a pollas, que decimos por aquí.

Que no hay que fiarse de las tiendas de barrio.

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