domingo, 16 de febrero de 2014

Rafaela

La primera vez que la vi, detrás del mostrador, me resultó un tanto antipática. En casi todas las gasolineras dices el nombre del modelo y automáticamente el gasolinero te redirige al número y te cobra. Algunos aclaran el combustible, por si acaso, y te cobran sin más leches. Pero, por primera vez, me reprendió. Y eso que llevo quince años echando gasolina por toda la piel de toro. Así que decidí que cada vez que fuera a esa gasolinera, todo sea por ahorrarse unos euros haría algo que nunca había hecho: memorizar en qué puesto he repostado.

Volví otra vez este verano, quizá en los comienzos y mediaciones de mis coqueteos con la colonia. Y allí estaba, impertérrita, organizando la cola y poniéndonos firmes, con su pequeño cuerpo y su voz un tanto quebrada. Y con su chapa impoluta.

Dejé de verla, al menos pasé por allí varias veces y no la vi, pero en mis dos últimos repostajes me ha atendido. La primera vez, me sugirió unos chicles y la tarjeta de puntos, que tengo pero que paso de llevar, porque a fin de cuentas para que te den una colchoneta de playa que se pincha al verla tampoco hay que moverse mucho. Y hoy, debido al escaso público, me he visto envuelto en una situación de acoso y derribo. No paraba de insistirme en que me llevara un jamón de Jabugo, que ya le digo que es de lo mejor. Lo que la pobre no sabía es que me tiré un año en Huelva comiendo jamón güeno a tutiplén. Así que asentí a cada una de las razones que me daba para comprar las cosas desoctanadas que me ofrecía, le agradecí amablemente con un "Lo tendré en cuenta para la próxima vez" el torrente de ofertas que, atropelladamente, me hacía y salí como pude de la gasolinera.

Lo peor es que, con tanto bombardeo, casi se me olvida el pin.

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