sábado, 27 de octubre de 2012

Calle Real

Aparcamos el coche en la calle que subía. He de decir que la calle no me inspiraba mucha confianza, pero habíamos llegado a la conclusión de que el publicitado aparcamiento no era más que una zona azul, pues había una línea imaginaria que vetaba el acceso con el coche al supuesto centro.

Subimos hasta la comisaría. La primera impresión no fue demasiado buena y tampoco el avance la mejoraba. Me vino a la mente aquella frase. Había muchos desconchones, supongo que por la humedad del mar que intuíamos cerca, tan azul en su bahía, hermoso como un niño chico en su cuna. Hasta que llegamos a la calle principal.

Era una avenida bastante amplia, procedente de las viejas carreteras de los sesenta, que pasaban por medio de las ciudades y que tantos atascos causaban. Hasta que llegaron las autovías y mataron un poquito a los pueblos. Al menos en lo que a entretenimiento gratuito se refiere.

Aunque siempre hay que reciclarse. Avanzando por la calle llegamos a una iglesia. Hay un montón de gente en la puerta, todos muy puestos, vestidos con más o menos gracia, con cinturas desde la grácil avispa hasta la abeja con sobrepeso. Lo que tienen que hacer algunos espejos. Supongo que esperan a la salida de la feliz pareja, pues se están distribuyendo saquitos de arroz asimilables a armas de deseo de felicidad masiva. Y, enfrente, miran divertidas un grupo de tres señoras en silla de ruedas, con sus respectivas ayas del hemisferio sur, que permanecen a lo suyo.

Nos detenemos un rato para ver el espectáculo.

Nos aburrimos y decidimos bajar. La calle sigue los nuevos cánones urbanísticos para la recuperación de los centros urbanos. Hay una catenaria incipiente y las vías del tranvía están inutilizadas, pues hay cemento en ellas. Pienso en el motivo de hacer tanta obra pública con utilidad privada. Pobres niños ricos.

Vemos unos tenderetes cerca del mercado y nos dirigimos hacia ellos. Es sábado, día de mercado, aunque a estas horas ya hay poco movimiento. Vemos despedazar un atún, con su carne roja. Es tan gigantesco que la cola sale del expositor en el que está. Se oye una banda, ensayando. Bragas y pijamas mecidos por el aire que llega de la bahía completan la estampa del mediodía.

Volvemos a la plaza. La luz del oeste la inunda. Hay una gran diferencia entre el este y el oeste. La luz, la gente. Todo. Al ver las calles y las casas me acuerdo de otras épocas, de lejanía y distancia, como prólogo de un futuro no muy lejano que al final te acaba alcanzando.

Y es que todo vuelve y todo pasa, para volver a girar de nuevo.

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