viernes, 5 de julio de 2013

El aeropuerto

Hoy me ha tocado viaje de ida al aeropuerto. Pero no para usarlo, sino para que lo usen otros. Esa es mi vida de verano, la de chico para todo. Bueno, casi.

El aeropuerto podría clasificarse como de mesa camilla y brasero. De tardes de película en el lluvioso invierno. Antes era aún más pequeño, pero hubo una ampliación y entonces resultó ridículamente grande, una especie de quiero y no puedo. Pero se lo acabamos perdonando porque, a fin de cuentas, es el único que tenemos, aunque lo compartamos con una ciudad a cien kilómetros de él.

Aún recuerdo cuando te daban media hora de aparcamiento gratis. Como en el Corte Inglés, pero sin necesidad de comprar. Ahora te cobran desde el primer momento pero, en contraprestación, en la entrada ahora caben dos coches a la vez, y han habilitado un techo para no insolarte mientras sacas el ticket de la máquina. Y otro mientras pagas. Siempre me ha llamado la gran cantidad de coches que hay en el parking y luego entras en la terminal y no hay nadie. Supongo que serán coches de empleados, aunque tampoco hay tantos. Quizá los tengan para dar ambiente, quién sabe.

Entramos al edificio por llegadas y, casi sin darnos cuenta, estamos ante el mostrador de salidas. De los 15 que hay sólo he visto funcionar 3 en todos los años de mi vida. La próxima vez que vaya me tengo que acordar de ver si  todos tienen de verdad ordenadores o son de atrezzo. Al llegar nos pilla el cambio de turno y el señor de las maletas coge y se va volando, nunca mejor dicho. A unos diez metros una señora se queja de su maleta perdida. Su primera vez, parece. Al cabo del rato viene otra señora para cumplir con los trámites maletíferos y darnos la tarjeta de embarque. Ya sabemos que hay que llegar o antes de las dos o después de las dos. Pero nunca a las dos.

Una vez cumplido el trámite nos dirigimos al embarque. Antes, cuando no teníamos dutifrí, había una zona en la que se podía ver la pista. Casi seguro que la gente se iba a pasar ahí la tarde a ver aterrizar los aviones, como aquella vecina que teníamos en el barrio, a la que sorprendimos en multitud de ocasiones en la estación de autobuses. Un día le preguntamos el por qué y nos dijo que ella acudía allí para despedir a todo el que se iba y a recibir a todo el que llegara. La soledad es muy mala cuando no se busca.

Ahora, enseñas tu tarjeta, te despojas de tu dignidad para pasar por el escáner y te tienes que poner lo que te quede a la salida del mismo. Afortunadamente, en este aeropuerto no hay prisa. Pero para poder ver la vista, ahora, hay que pagar. El signo de los tiempos...


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