lunes, 2 de abril de 2012

Segunda onomástica

Nada hacía presagiar, cuando eran las once y pico largas de la mañana y dormía plácidamente en mi cama, abrazándome a la almohada a falta de mejores cosas que abrazar (aunque visto lo visto, mejor ansí) que el día de hoy sería de coco y huevo. Son días que vienen amanecen en felicidad y que, casi sin pretenderlo, se llenan de nubarrones de desgracia.

Me levanté fingiendo culpabilidad por la hora, desayuné, y me fui a la calle a revisar ciertos asuntos. Pero, justo cuando estaba en la cola del banco, una mariposa en forma de fontanero debió aletear y desencadenó la tragedia. Un piso inundado con amenaza de derribo de techo ajeno llamaba a mi teléfono móvil que intentaba relajarme en ese momento. De repente, la cola del banco se ralentizó. Los nervios me comían. Al final, la amable banquera decidió retirar el cartelito de fuera de servicio y atenderme. Apenas un minuto después ya estaba camino de casa con el paquete, postal, sin poner. Al llegar a casa me encuentro con un panorama desolador. Nadie sabe donde están las llaves (matarilerilerile) ni tampoco la que lo podría saber (matarilerilerón) que presumo que estará repartiendo ostias (literalmente) por el barrio, cual sacerdotisa en prácticas. Pero al quitarme las gafas de sol, descubro que las gafas no están. El paquete, postal, ha debido arañar la bolsa y la funda de las gafas, con ellas dentro, debió caerse en algún punto indeterminado de mi camino. En ese momento, y sin saber bien por qué, me ha invadido un histérico ataque de histeria que me ha hecho recorrer el camino inverso al banco y el de vuelta a casa, con infructuoso resultado.

Al llegar a casa, la persona que podía saber donde estaban las llaves (matarilerilerile) no solo no tenía ni idea de dónde podían estar, sino que se interesaba más por saber si había subido la palma que le tenía reservada el párroco, previo pago de su importe en donativo económico. Justo en ese momento, y como los buenos terremotos, he sufrido un segundo histérico ataque de histeria con fuerte aparato salibar que se ha detenido al aparecer milagrosamente las llaves. Y entonces nos hemos puesto en camino.

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