miércoles, 18 de mayo de 2011

Carta a mí mismo

Acabo de venir de ensayar. Al final dejaré la tiza por la guitarra, ya lo verás. Pensé en ducharme, pero los apuntes de inglés me reclamaban. Se supone que debería estar haciendo ejercicios interesantísimos de gerundios e infinitivos, pero se han quedado al margen, por un momento.

Las cosas que me pasan. Es como una especie de big bang dentro de la tranquilidad del día a día. Todavía me pregunto por qué, entre la indiferencia y la incomprensión. Y para qué. También me pregunto el para qué. Siempre he sido muy tonto, muy binario, muy sencillo. Y estas cosas me sorprenden, pero no me sorprenden. Me lo esperaba. Pero no las consecuencias, y he quedado muy sorprendido. En el fondo, ser como soy tiene sus ventajas, aunque cueste.

Llueve. El mal tiempo se resiste a irse. Los coches al bajar la cuesta de mi calle levantan una estela de agua que produce un sonido característico que me gusta. La espera del verano va a ser larga. Por mi, que no llegue nunca. Pero tendrá que venir. Necesito tiempo para estudiar solfeo.

Te decepciona mi respuesta. O no te la crees. Somos libres, pero es que yo soy distinto a los demás. Pero, además, de verdad. Funciono a otro nivel. No quiero parecer idiota, pero así soy yo. Te lo quise decir un día también a ti, pero me faltó valor. Ahora, en cierto modo, me alegro.

Te decepcionó mi actitud. Pues muy bien. Estoy de acuerdo contigo. Esencialmente me equivoqué en el diagnóstico. Y no fue por falta de avisos. Pero se enmarañó todo de tal manera que decidí seguir adelante. Al final me he curtido y los palos no me los he llevado yo. Esto sí que no me lo esperaba.

Divago. Ya seguiré luego.

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