sábado, 6 de abril de 2013

Sábado tarde

Estoy solo en casa. Apenas me he dado cuenta de cómo ha sucedido.

He visto menguar tanto a mi familia que tengo la certeza, quizá más acuciante que en otros, de que algún día no seremos ni siquiera el polvo del que dicen que venimos. Apenas llenamos una discreta mesa camilla.

Ya la tele no dice lo mismo que antes. El teléfono suena demasiado, siempre con la misma canción. El signo de los tiempos.

En el silencio de la casa oigo la caldera arrancar. Quité el brasero y mis pies se van enfriando lenta y progresivamente. La lámpara es la que ilumina la habitación, pintándola de beige. Creo que con los años he aprendido a identificar ese color.

Y, a mi izquierda, incredulidad. Y volver una y otra vez al dolor.

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