sábado, 22 de junio de 2013

Operación Selectivité III

Y se acabó la cosa. He de reconocer que ha sido una experiencia muy interesante, a pesar de que me la pintaron de aburrida. Bien es cierto que el primer día fue el más tranquilo por aburrido, pues apenas nos dejaron hacer nada. Tan solo observar y ver cómo se desarrollaba el festejo. Comprobando los nervios de los chavales e intentando, de alguna manera, dar apoyo moral en la distancia, como si con vernos la cosa fuera a resultar más fácil.

El segundo día algún folio si pudimos repartir. Era el momento de analizar las comunes y comprobar que la selectividad es como la feria, en la que cada uno cuenta como le va, porque a cada uno le resulta distinto. Hay algo más de calma, pues ya se sabe la mecánica y los más espabilados, hasta el orden de la lista. Comenzaban las asignaturas en las que cada uno se supone que destaca. Ese día algún folio pudimos repartir y algunos nervios tuvimos que calmar. Por lo menos ver algo conocido en un medio hostil sabemos que algo tranquiliza. Y también te da la oportunidad de romper el hielo un poco más entre tus compañeros y sus alumnos. Conocí a varios de ellos, algunos que incluso recuadran las soluciones de los problemas. Casi me echo a llorar.

De alguna manera se les coge cariño. Aquel chico que quiere hacer ingeniería, todos quieren ser ingenieros, aquella chica que la lía en el examen de mates y tu tienes que actuar como corrector instantáneo y tranquilizador. El que siempre se deja las pegatinas y tienes que ir preguntando dónde está para podérselas entregar y echarle una bronca, entre amistosa y aleccionadora. Son días en los que, en el fondo, no se juegan mucho pero si meten la pata están condenados.

Les preguntas por sus sueños. Te cuentan lo que quieren hacer. Les preguntas que qué tal los exámenes. Siempre hay una más floja. Y seguro que es esa en la que luego sacan una nota que no se esperan y se sienten orgullosos. Necesitan alguien que les oiga un poquito, alguien a quien decir eso que ensayan en la soledad de su cabeza mientras resuelven un problema o interpretan un mapa. De esa forma se tranquilizan. O al menos lo parece.

De alguna manera uno siempre se identifica con ellos. Echas atrás al año 96 y te acuerdas de cómo fue la tuya. Sin demasiados sobresaltos, salvo el momento de rotura de venas de la nariz en el examen de Química. Creo que me trajo suerte, fue mi máxima nota. Y eso que la Química y yo...

A fin de cuentas, y supongo que es algo que no conocen, ahora es cuando empieza el camino difícil. Bien es cierto que hasta el momento han podido elegir e incluso equivocarse, que es la otra cara de la libertad que no te cuentan. Ahora tendrán que salir de casa y empezar a enfrentarse a algo nuevo. Sin padres cerca, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva y en unas facultades donde ya no serán el hijo de o el hermano de. Donde nadie los conocerá y tendrán que demostrar su valía, su coraje y su tesón.

Suerte a todos.

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