sábado, 19 de febrero de 2011

Cuatro en la carretera

Allí estábamos, reunidos ante una mesa camilla imaginaria, mientras nos movíamos por Castilla. Hablamos de música, de vicios, de virtudes, de como somos y como éramos. De lo que queremos ser. Hablamos de nosotros. No nos importaba nada más que nuestras palabras. Caía la tarde, salió la luna y seguimos hablando. Algunos se unían a nuestra conversación, otros simplemente miraban hacia delante, hacia el infinito, mientras soñaban con hacer kilómetros. No importaba parar, puesto que en el ambiente seguían resonando nuestras palabras, que retomábamos de inmediato, casi en el mismo momento de echar a andar. Nuestras mentes bullían y nos sentíamos felices, deseábamos que nunca acabara ese viaje, pero precisamente esa es la clave de la magia. No puedes atrapar al viento, solo limitarte a sentir como te abraza. No puedes quedarte con la playa, solo sentir que la arena se cuela por entre tus dedos. Pero siempre te queda un resto, siempre algo se queda en ti. Lo que no hay que hacer es sacudirse las manos, que esos granitos que se atrapan en la piel se incorporen a ti, a tu esencia. Sentir como hay algo de los demás en ti, algo que has podido atrapar de esas almas con las que compartiste algunas horas de tu vida, algunos días de tu vida y que nos han hecho tan distintos, que han significado tanto en nuestras vidas y a los que quizá no vuelvas a ver, pero que te han dado tanto y en el momento adecuado... como ese castillo de arena que una vez hice en la orilla de la playa y que el mar hizo suyo. Nosotros sabemos que ha existido, y por eso nunca será destruido.

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