jueves, 22 de septiembre de 2011

Encerrado

Queda pendiente para otro rato.

Viajaba yo de regreso a ningún sitio cuando salí de mi cuerpo. No es fácil salir de las paredes que te impone la naturaleza. De hecho, alguna vez me puse a intentarlo, pero no lo conseguí. Y, como siempre pasa, cuanto más despistado está uno mejor le salen las cosas.

Mientras conducía sentí algo en mis ojos, como una presión. Las manos reaccionaron agarrando fuertemente el volante. Y allí se quedaron. Ya había salido. En ese momento me sentí algo extraño, débil, inseguro. No era consciente de lo que había hecho de forma casi automática. Noté que no me rodeaba nada físico, salvo el aire cercano. Por las salidas del aire la corriente me empujó y me situó en el asiento de atrás. Y allí me senté a ver el paisaje.

Mientras mi cuerpo seguía conduciendo en el asiento de delante, preocupado por su mundanidad castamente entendida, me di cuenta de la belleza de la sierra que siempre atravieso. El color de la tarde, con el sol de recogida, me distrajo hasta que un rayo se posó en la figura de mi cuerpo. Y me vi ahí, tan sentadito, tan aplicado en mi tarea que no pude más que sentir lástima, esa lástima que en ocasiones me infligían cuando estaba dentro de mi ser. Mi recién estrenado yo exterior consideró en que quizá era un acto egoísta pensar en mi en un momento tan trascendente como ansiado, pero era lo único que me salía. Por primera vez yo era el exterior de mi mismo, a diferencia del ser exterior respecto a los demás que acostumbraba a ser. No es fácil asumir cambios tan profundos así, tan de golpe. Aunque quizá el egoísmo era mi naturaleza.

Así que pensé en las personas que me habían acompañado durante mi vida. Unas tan lejos y las otras tan cerca. Nunca entendí el por qué de las distancias, en sus muchos sentidos. Y es que debiera vivir otra vez, pero esta vez haciéndolo bien. Claro que no sabría muy bien cómo. Deberían dar clases. Como de tantas cosas.

Me aburría atrás y, como una nube, me pasé delante. Quise cambiar la música, pero me dio pena molestar a mi pobre cuerpo. El pobre, a pesar de todo, me estaba llevando a ningún sitio. Tampoco era plan de fastidiar. Me fijé en mis canas. En mis dos canas. Y me acordé de los tiempos en que deseaba tener más canas y más entradas. Tampoco sería una cosa traumática. Sería la señal que van marcando el fin de mis días.

El fin de mis días... Para evitar pensar en ello me fijé en la carretera, con su color negro y sus líneas blancas. Y me acordé de aquella vez que te dije, mientras doblábamos aquella esquina, que quería salir de mi cuerpo, que quería entrar en la mente de otras personas, tan sólo para poder verme desde fuera. No pudiste reponerte de tamaña gilipollez y lo atribuiste a la excitación de la mañana del sábado. Aquella mañana de sábado que estaba entre la primera que tanto deseé y la última que tanto temí. Porque luego, solo hubo papel, silencio y lágrimas. Te conté que me sentía encerrado entre cuatro paredes, preso de mi. Que quería salir, por ver amanecer en otro sitio. Estaba cansado, aburrido. Tan solo quería huir de mi. Era tan ingenuo... No se puede huir de uno mismo.

Aprendí mis primeras lecciones. No se puede huir de uno mismo y los recuerdos duelen tanto fuera como dentro. Pero si estás fuera te puedes escapar. Tan pronto lo pensé decidí abrir la puerta del coche y volar, pero tan solo era aire. La manecilla de la puerta se reía de mí. Al final era indiferente ser o no. Pero cuando llegué a mi destino, la puerta hizo succión y me alejé de mi cuerpo mientras éste cerraba la puerta y salía del garaje.

Hace una semana salí de mí. No me esperes, no volveré.

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