lunes, 2 de julio de 2012

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Salgo de casa sin cara de campeón, pero oyendo música, porque para eso está uno por encima del bien y del mal. Son los primeros días de julio, días que uno dedica a las labores propias de la vuelta, como quitarse pelos, hacerse fotos, renovar carneses y comprar cosas que siempre deja uno en el tintero para mejor ocasión. Hace calor, pero no mucho. Un calor amable de primeros de julio.

Se ven banderas. Muchas banderas. Estamos en las últimas económica y moralmente, pero hay banderas que celebran que somos campeones otra vez. Gente en las calles que va de acá para allá. Paseo despreocupado, pues tengo que matar una hora. Compro un kit, que no pack, de limpieza para mi cámara y compro una cuerda para mi guitarra, pues he de hacer la proeza de cambiarlas todas. En la tienda, un joven prueba una guitarra eléctrica mientras le pregunta a su presunto padre qué es eso del pizzicato.

Vuelvo a la peluquería. Ojeo el periódico y la noticia omnipresente. Me paso a las revistas de automoción que me dan las rabiosas novedades del mes de marzo. Me da igual, pues no voy a comprarme ningún coche, con lo que la función de distracción queda totalmente cubierta. Me toca. Discutimos sobre aviones. Pago y me vuelvo a casa.

¿La carrera? Sin un alma. Nos han jodido vivos para que no pasee nadie. Seguro que con autobuses habría más gente, y hasta turistas despistados. Pero la cerrazón es lo que tiene.

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