sábado, 26 de enero de 2013

Demodé

Mi guitarra no se oye bien. La pobre está muy vieja. De hecho, si hacemos caso a la etiqueta, data del año 1967. Un papel en la quinta cuerda evita que cerdee. Lo puse como algo provisional, pero ya se ha incorporado a ella de forma que es casi un signo de distinción.

Una guitarra que es mayor que uno debe ser tocada con respeto y si no suena bien la culpa será de mis torpes dedos. Hay que conservarla como se merece, dentro de un estuche que la mantenga protegida. Y tiene que ser así, pues viaja mucho.

Alguna vez he pensado en cambiarla, por otra más dócil y nueva, pero no sé si sabría acostumbrarme a ella. Y si mi guitarra me lo perdonaría cuando volviera a ella. Pero su sonido, a mi pesar, me cautiva. Llena el aire de la habitación donde estoy y me consuela. Ahora que empiezo a soltarme un poquito, dejarla sería una traición.

o-o-o-o-o

Hoy he ido a echar mano de mis móviles y estaban descargados. Tiene guasap que teniendo miles de móviles tenga que pedir uno en préstamo por tenerlos fuera de juego. Uno, descargado. El otro, con mucha hambre. Y, los demás, lejos, en el pueblo. Al volver, el presunto hambriento estaba a tope de carga. No lo entiendo. Supongo que es la edad. Ya tiene sus dos años largos y eso, para un móvil obsolescente, supone que debe ser juzgado y premiado con el cielo o castigado con el infierno. Decidí tajantemente, todo lo tajante que puedo ser, claro, ir esta tarde y comprarme otro, de esos con aplicaciones, cámaras y androides y que, sinceramente, apenas usaría para llamar. Porque, no se si por suerte o desgracia, ni llamo a nadie ni nadie me llama. Pero para presumir sí que vale. Pero a la hora de salir, el brasero y la guitarra se han aliado para dejarme en donde tenía que estar, con los acordes de Yesterday.

Sinceramente, tengo que reconocer que me da pena cambiar de móvil. Todas las mañanas me despierta, siempre que no se me olvide programar la alarma, me pone música y hace fotos que luego subo al blog. Y, por supuesto, redacto entradas cuando estoy lejos de un ordenador. Y de un volante. Muchas veces ha subido conmigo a andar la cuesta de ese pueblo. Y me ha dado buenas noticias. Y alguna mala también. Y hasta me ha defendido del pecado.

¿Qué mas se puede pedir?

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