domingo, 19 de junio de 2011

Días perdidos

Eran las once y cuarto de la mañana. Seguía en una plácida duermevela que empezó a las siete, cuando el chorizo de la barbacoa vespertina comenzó a pedir agua. El caso es que sonó el teléfono. Había que decidir. Y lo hice. Tendí la lavadora, preparé el desayuno y acudí a la cita. Se disipaban las nubes que me obligaban a pasar un domingo encerrado en casa.

Pusimos rumbo a una antigua explotación minera, abierta hasta hace relativamente no mucho. Un riachuelo que surge de una antigua mina ya cerrada. Su agua es cristalina y fría, y es tan refrescante que una sola gota sirve para calmar la sed provocada por un sol que empieza a apretar. El agua sobrante caracolea entre el barro y forma una preciosa poza, donde hay que resistir la tentación de darse un chapuzón.



Cerca de allí, una antigua galería nos sugiere que la exploremos. Apenas nos hemos aventurado unos metros un murciélago sale a saludarnos. La temperatura es tan agradable que hace preguntarnos si nuestro improvisado huésped nos invitaría a comer si se lo preguntamos.



Salimos de la cueva y nos acercamos al núcleo del poblado. Pasamos por una tolva donde se vertía el mineral y nos acercamos por la serpenteante carretera para ver la Iglesia del poblado. No deja de ser curioso ver una Iglesia Anglicana perdida por una sierra del sur de España.







De camino, vemos un puente del que partían las vagonetas que llevaban el mineral a la vía del tren.


El viento sopla y agita las ramas de los pinos. Es un gran intérprete, con una melodía que rompe el silencio del valle.

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