
Los viajes eran epopéyicos. Siempre se subía en la hora más calurosa, y siempre se bajaba en la hora más calurosa, a pesar de que existían mejores alternativas. Pero eso es marca de la casa. El rojizo autocar cada vez empleaba más tiempo en llegar, y eso que las carreteras iban mejorando. Quizá sería porque los conductores eran más temerosos. O se hacían viejos.
Recuerdo uno con el pelo blanco, llamado Antonio, que era capaz de sustituir a la radio, con sus miles de anécdotas. Debía conocer a media comarca y parte del extranjero. Las ventajas de ser conductor de autobús. También recuerdo a Demetrio, cuya especialidad era conducir y sacarse pelotillas de la nariz de forma simultánea.
Vienen a mi memoria los años de esa antigua pero céntrica estación de autobuses, tan hecha polvo como útil, donde comenzaron tantas veces los viajes y que, en cierto modo, tan tortuosa me resultaba. Luego vinieron los años del tranporte privado. Hay quien dice que se perdió el encanto que tenía. Es cierto aunque, sinceramente, nunca se lo vi.
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