martes, 27 de diciembre de 2011

Burdeos

Allí estaba ella. De pié. Con su abrigo de color burdeos.

Mientras miraba por el objetivo de mi cámara, pensando en cómo obtener la fotografía de mi vida, mis oídos dieron un paseo por el ambiente de alrededor. Y se posaron en su voz.

Ya la había visto otras veces, con más voz y menos lágrimas en los ojos, quizá del frío que tenía en la calle o quizá del que albergaría en su interior. Apenas un hilo de voz en un mar de indiferencia, de gentes que pasean felices, orgullosas de sus hijos, sus parejas...

La observé por un momento. Intentaba sacar de ella una canción, quizá un villancico, pero tan pronto como se ponía el micrófono en la boca, lo tenía que alejar. Miró al suelo, giró la cara hacia la izquierda y se enjugó una lágrima que caía por su mejilla con su desnuda mano derecha. Y entonces lo volvió a intentar. Pero la suave música enlatada que salía de su amplificador seguía tapando su voz.

Decidí alejarme pero, justo cuando pasé por su lado, una señora le dejó en su platillo de plástico unas monedas. Por un instante quitó la vista del infinito al que miraba y, muy suavemente, le daba las gracias a su más reciente benefactora. Ella la miró y le sonrió. Y puede que, desde ese momento, comenzara a cantar un poquito más fuerte.

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