martes, 27 de marzo de 2012

Muerte en el sótano II

Afortunadamente llevaba el móvil y memorizado el número del centro. Así que lo saqué del bolsillo, busqué "Instituto" en la agenda y procedí a llamar con la esperanza de un caballero blanco en forma de conserje viniera a rescatarme. Pero como uno cuida mucho las cosas no tenía apenas batería. Soy de esos que apuran hasta que el móvil se apaga solo para evitar en lo posible el efecto memoria. Además, tampoco tenía previsto que se me cayera una estantería encima y no cargué el móvil y con eso de que las compañías ahora no regalan móviles pues hay que ingeniárselas para estirar la vida útil de los componentes electrónicos, aunque cuando se vuelvan obsoletos y los arrumbemos en estanterías se tomen la revancha y te lisien a la primera de cambio.

Pulsé el botón de llamada, no sin antes lamentar que la tarifa que estaba usando no era la adecuada y que la llamada me iba a salir por un pico y, como es natural y siguiendo la Ley de Murphy, el teléfono se apagó.

La cosa se estaba poniendo tan cuesta arriba como en inclinada se convertía la repisa. Así que había que pasar al plan B, consistente en dar golpes en la puerta que, afortunadamente, había al lado de la estantería. Desde aquí mi felicitación al arquitecto por tan oportuna ocurrencia. Al cabo del rato, algunos niños que gozaban con total impunidad del recreo, ajenos sin duda a mi desgracia, comenzaron a acercarse, creyendo que esos golpes eran un poltergeist. La cosa resultó ser peor, pues era yo desde dentro pidiendo auxilio.

Las primeras noticias volaron como vencejos y trajeron de vuelta a dos profesores de guardia, que movilizaron al equipo de emergencia habitual, geos, uvis móviles y, sobre todo, la llave de la puerta. Al entrar, se encontraron con una escena tan aterradora como risible. Afortunadamente, supongo que guardarían las risas para otro momento y, junto con unos alumnos que estaban cerca, quitamos los componentes informáticos y por fin me pude retirar, volviendo la estantería a una perpendicularidad con el suelo tan exacta como burlona. Agradecí a los alumnos su ayuda prometiéndoles un positivo si alguna vez les diera clase y aún me sobraron 5 minutos de recreo para presumir de la hazaña.

Y ahora que lo pienso, menos mal que me puse desodorante...

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