jueves, 1 de marzo de 2012

Picadilly

Todas las plazas son el centro de la vida en las ciudades, independientemente de lo grandes o pequeñas que sean.

Una de esas plazas es Picadilly Circus. Probablemente pensará que es una idiotez, pero yo creo que es el centro del mundo. Bien es cierto que la plaza en sí no tiene nada de interés, pues hay una fuente con Cupido y un tráfico de mil demonios, fueraparte de los célebres luminosos. Pero allí siempre hay gente. Gente que pasea, que hace fotos, que se deja invadir por el ambiente, por todas las personas que forman ese microcosmos que, en cada segundo, conforman la plaza.

Hay gente que actúa, que hace mimos. Gente que protesta, que se expresa, que baila. Y hay público, que la mira, divertida, enfadada. Gente que forma corros en torno a cualquier idea que se expresa, corro que desaparece, o no, cuando se pasa el platillo y se pide la justa recompensa al momento de entretenimiento.

Hay autobuses, de dos plantas, coches con volantes cambiados y vehículos en los que es un hombre el que tira y otro hombre el que se deja llevar. Y, de repente, todo se para y surgen peatones de todas partes, que desaparecen tan rápidamente como aparecieron. Y todo vuelve a su ser.

Pero lo que más me gusta son esos luminosos, luminosos de anuncio a fin de cuentas, pero que me hacen que me embobe, mientras recibo puntual información del estado del metro, mientras veo botellas de Coca-Cola bajarse felices en la estación que está bajo mis pies. Y los mismos anuncios de las mismas marcas que salen en las fotos de los libros de turismo y geografía. Pero tiene encanto el verlo en vivo y en directo, el llenarse de la magia que invade la plaza y llevarse un poquito para la vuelta a casa, para ese momento en el que cierras la puerta tras regresar, ese momento en el que los viajes son sueños, sueños que hemos vivido despiertos.

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