miércoles, 12 de octubre de 2011

La gasolinera

La noche estaba cayendo. Había conducido durante mucho tiempo y se daba ánimos pues apenas le quedaba un rato para llegar a casa. La carretera serpenteaba y se hacía cada vez más dañina para la vista. El cansancio le sorprendió tras la enésima curva y decidió, tras un rápido volantazo, parar en aquella gasolinera por la que tantas veces pasó de largo.

Aparcó, bajó del coche y sin importarle demasiado las normas de seguridad encendió un cigarrillo. Estiró las piernas dando un paseo y contempló como la noche invadía la sierra y las luces de los coches se convertían en las estrellas fugaces a las que no podía pedir deseos. Sintió algo de sed y entró al bar a tomar una cerveza.

Al abrir la puerta una contempló un bar grande con muy pocas personas, parroquianos habituales que veían, o hacían que veían, aquello que estuvieran echando en la tele. Algunos cogían los vasos con su mano derecha y escrutaban su interior, como queriendo encontrar respuestas a sus problemas en un océano de juguete. Otros hablaban con sus vecinos sin mucho afán. Apenas advirtieron que alguien ajeno a sus anocheceres se sentara en una esquina de la barra. La chica tras la barra, adivinando mis pensamientos, me sirvió lo que quería y se quiso sentar a mi lado a darme conversación, pero sin darme demasiada cuerda.

En ese instante recordé que nadie me esperaba y ella recordó que el tiempo no era del todo suyo. Me sirvió algo de comer y más cerveza y decidió acompañarme en la improvisada cena. Los clientes se fueron yendo uno a uno, como las gotas del café de la máquina que teníamos enfrente y, pasado un rato, estábamos solos. Ella salió de detrás de la barra para cerrar la puerta, contó la recaudación del día y me invitó a subir a su habitación.

La escalera era estrecha. Acababa en un pasillo bien iluminado con muchas puertas, pero solo me mostró dos: la del cuarto de baño y la de su dormitorio. Cumplí con mis rituales nocturnos y entré sin llamar en su habitación. No había grandes lujos. Un armario, dos mesitas de noche un tanto desvencijadas, una silla y una cama grande, demasiado grande, pero muy acogedoramente vestida. Tras desnudarme me mostró mi lado y obedientemente entré en la cama. Ella se desnudó lentamente dejando la ropa en la silla, junto a la mía. Me dijo "Sólo te pido que me abraces durante toda la noche" y se tendió junto a mi.

La abracé tal y como me pidió, la besé en la frente y al cabo del tiempo el sueño nos venció y dormimos juntos toda la noche. Nos despertó un rayo de sol iluminando la ropa en la silla. Ella se incorporó y se vistió. Al rato bajé yo y desayunamos juntos, sin decirnos nada. Ella abrió la puerta del bar, nos dimos las gracias y me volví a meter en mi coche, camino de donde nadie me esperaba.

Y entonces arrancó el coche y salió de aquella gasolinera donde nunca antes había parado.

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