viernes, 21 de octubre de 2011

SAC

No soy yo muy partidario de llamar a los servicios de atención al cliente, pero hoy me he visto en la necesidad. Así que con una dosis extra de paciencia marco el número y me sale una voz que me da la bienvenida. Me dice que le explique el motivo de mi llamada, como si fuera un confesor o algo. Le digo que me pase con bajas. Y entonces me empieza a preguntar miles de cosas. Que si me diga qué quiere dar de baja, que si siga el número, que si diga no se qué... en fin. Que al rato me pasa con una señorita a la que, para preservar su intimidad y por facilidad narrativa, llamaremos Zaratustra. Y Zaratustra habló así: que no me podía atender porque tenía una incidencia en su ordenador. Pareciera que las incidencias computéricas me persiguieran. Total, que amablemente se disculpa y me emplaza a que llame de nuevo para que me atienda otro compañero con el ordenador menos roto. Le doy las gracias y llamo de nuevo.

La misma retahila de cosas de nuevo. Tras dos minutos, me pasan de nuevo con la misma teleoperadora de antes, que ya me saluda con familiaridad y me dice que vuelva a llamar, que tiene el ordenador roto. Pienso en que sentido tiene que me pasen con una persona que no me puede atender, pero ella se adelante y me pregunta si yo sabría como arreglárselo. El ordenador, se entiende. Yo digo que lo más cercano a un ordenador que conozco es una Underwood. Se ríe y dice que si le doy mi teléfono, que le gusta mi voz y que esta noche sale antes. Me siento halagado, pero le digo que ya estoy casado con mi profesión. De todas formas insiste en que me llamará cuando lo tenga todo en su sitio de nuevo. El ordenador, claro, qué si no.

Espero un rato y tras las pertinentes comprobaciones maquineras me pasan, gracias a Dios, con un operador al que le funciona el aparato. Al menos el cibernético. Me pregunta por el motivo de mi llamada, cosa de lo que apenas me acuerdo. El caso es que se lo digo, le expongo mis motivos, por eso ahora agradezco las preguntas que acababan con la frase "razona tu respuesta", y me dice que por ser tan buen cliente y tener una voz tan sexy me deja el producto gratis durante un año. La verdad es que al menos lo primero es cierto, pues les he dejado un cerro de duros durante mucho tiempo.

Yo pongo voz de no estar muy ilusionado mientras doy botes en el salón de casa acordándome de cierta canción de Queen. Y empieza a gestionar la oferta. Oigo como teclea mientras va diciendo lo que escribe en mi ficha de cliente y me pide disculpas un mol de veces por la tardanza en la verificación de la oferta. Yo le digo otro mol de veces que no se preocupe. Parece un partido de tenis, la verdad. Gracias a la rapidez de los sistemas y a que la oferta tarda 15 minutos en gestionarse, aprovechamos para consultarnos recetas de cocina, nos preguntamos por la familia y comentamos la actualidad internacional. Y nos despedimos deseándonos un feliz fin de semana. El me dice que mañana va a quedar con su chamaca y que lo mismo moja. Yo no le cuento mi plan de fin de semana para no darle envidia, porque tampoco es plan.

Si yo les contara...

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