miércoles, 4 de enero de 2012

Corredores bursátiles

Salgo de que me poden y me sumerjo en la Navidad. Me acerco a los puestos de la plaza buscando algún detalle para completar el zurrón de algún regalado pero tampoco encuentro nada que me convenza al cien por cien. Por si acaso, me apunto un par de ideas. De todas formas, mañana también hay día.

Acudo a una tienda de música a adquirir un pad para colmar mi sueño de percusionista. Espero no dar golpes en él con la guitarra. El precio me hace sugerir que la página web no está demasiado actualizada. Sacio mi curiosidad preguntando el precio de una batería sorda y, por un momento, dudo. Pero cuando quiero acordar ya he salido de la tienda y me he embutido en la música del día. Me gusta eso de "jodiéndome la vida como un profesional".


Camino de vuelta a las calles del centro. La gente pasea con bolsas y más bolsas, felices, sonrientes, aunque nerviosos. El plazo se acaba y siempre hay algún familiar coñazo, como puedo ser yo, que no tiene previstos sus regalos y que se los va comprando según se acuerda y quiere, lo cual es una gran ventaja, se minimiza el factor sorpresa pero se aumenta la probabilidad de acierto.

De repente, la bombilla se enciende en forma de llamada de teléfono. Rápidamente me dirijo a la tienda que me indica mi interlocutora y, tal y como me describe, encuentro el colmo del zurrón en forma de pañuelo. Temeroso de que alguna señora me lo arrebate, y siendo el último que queda en la tienda, me abalanzo sobre él, lo que produce que una dependienta me mire un tanto asustada. Quizá por eso se da prisa en cobrarme y envolver el regalo.

Me integro de nuevo en la marabunta de bolsas y decido entrar en otra tienda. He fallado al verla presuntamente vacía desde la calle. Pero estoy en el baile y he de bailar. Una señora, completamente enloquecida, asalta a una dependienta que la intenta mantener a raya con un látigo. La señora no se amilana y ruge exigiendo una talla menor y otro color un poco más verde y gris, si es que ese color existe fuera de su enajenación mental transitoria. Una cola rodea la caja varias veces, como un vórtice de clientes deseando ser engullidos al ritmo del ruido de la impresora de los tickets. La gente se arremolina, colapsa la tienda. Urge escapar. De repente, un señor sale con una bolsa camino de la calle. Me aferro a él y juntos escapamos del infierno de las últimas horas antes de reyes.

He sobrevivido. Volveré a casa, mientras la ligera brisa de enero me saluda en la cara.

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