domingo, 24 de abril de 2011

Recta final

Tan solo pido normalidad. Sentido común. Y tranquilidad.

Ahora que lo pienso, creo que es pedir mucho. Quizá me consuele simplemente con que las palabras representen fielmente lo que quieren decir. Que surja un escudo que las proteja de las segundas interpretaciones. Que se tornen cristalinas, que dejen pasar la luz. Que sean roca firme, no arena que se rompe en tus manos. Que se libren de las capciosas interpretaciones humanas. Que, por una vez, sirvan para lo que fueron creadas.

Si pierdo mi fe en el lenguaje, en que cada palabra tiene un significado tan limpio como el primer rayo de sol en una mañana de verano, o como la luna llena en las noches de primavera, entonces moriré. No sabré seguir, huiré de todo y me refugiaré en ese sitio que es la razón de mi fuerza, para no salir nunca más. Me quedaré ahí, pensando en que alguna vez significante y significado se fundirán en un abrazo para nunca separarse. Y yo pensaré sobre lo infeliz que me ha hecho la dictadura de un lenguaje que siempre me ha ganado y que, en el fondo, nunca he comprendido.

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